
"Quinquela, Fermín (q.e.p.d.), falleció el 04-05-91. Querido padre y esposo. El mundo sentirá con pesar tu partida, y jamás serás olvidado. ", leía el aviso fúnebre. Nunca comprendí por qué utilizan la palabra “falleció” en estos mensajes; como si una doble ele insípida pudiera transmitir el dolor de perder a un ser querido. Esas líneas captaron mi atención en particular, pues estaban dirigidas hacia el muerto y no hacia los curiosos, tales como yo, que tienen el hábito algo inusual de ojear el obituario. Me pregunté quién sería tan ingenuo como para dirigirse a un muerto; hasta donde yo entiendo, no pueden responder. Tras leer superficialmente los títulos más relevantes, tomé un baño y me preparé para salir.
Afortunadamente el clima estaba fresco y el cielo nublado, porque no tolero el calor y además hubiera sido realmente odioso tener que lidiar con un sol imponente en aquel día tan solemne. Empecé a caminar hacia la parada de colectivos, enfurecido porque los malditos del periódico habían incluido en el crucigrama una palabra que, de no ser por el diccionario, ellos tampoco conocerían. Había logrado completar todos los casilleros excepto siete de los ocho provistos para esa palabra. Honestamente, -¿quién sabe qué vocablo, de cuarta letra ve, corresponde a la definición: “Deslealtad, perfidia.”?
Noté a la distancia que la fila para tomar mi colectivo era extensa, y pensé que me vería obligado a viajar parado; pero por suerte conseguí asiento poco después de subir, y viajé sentado todo el trayecto. No pude evitar observar las personas a mi alrededor, de una manera metódica, casi científica. Intentaba entender sus motivaciones, o descubrir sus aspiraciones y sus destinos, como quien procura comprender el comportamiento de moscas volando alrededor de la basura, o el de los niños y sus piruetas en el arenero de una plaza. Acaso será únicamente en esa actividad donde encuentro el gran atractivo a viajar en transporte público; diluyo mi percepción del tiempo simplemente pensando y contemplando, hasta que llego a mi destino y me sorprendo por la fluidez del viaje.
En esta ocasión me tocó observar a una pareja besándose como animales en los asientos que precedían al mío, mientras escribían garabatos románticos en los asientos que precedían a los suyos. Se veían felices, debo admitirlo, pero no pude evitar notar cómo miraba él persistentemente a una mujer rubia, de cabello rizado e increíblemente atractiva, parada a solo unos pocos asientos de distancia. Mientras tanto, su novia seguramente debatía en su mente cómo habría de confesar su primera infidelidad, cometida la noche previa o tal vez la anterior. Esto último desde ya no es más que una mera suposición –delirios de un viajero en tiempo de ocio-, pero me resulta más entretenido recordarlo así. Destinados al fracaso, seguramente. Por momentos también me atrevo a imaginar que quizás alguno de todos aquellos que viajan conmigo, la mujer en el asiento de la ventana, o el pobre desgraciado parado del otro lado, sean de hecho la chica -ya mayor y desvaída- que me dio mi primer beso cuando su piel aún estaba tersa y sus pechos se encontraban a la altura del corazón, o ese viejo amigo de mi infancia que emigró a otro país. Hace ya demasiado tiempo que sus rostros se desdibujaron de mi memoria.
Sin razón aparente, recordé el mensaje que había leído más temprano. Revisé mentalmente sus líneas, y me percaté, solo entonces, de su verdadero valor. Era una declaración, que buscaba dejar en claro que el bien ponderado Fermín había efectivamente logrado aquello que toda persona puede querer. Porque, después de todo, nada en la vida es más importante que el legado. Nuestro destino no es sino el de ser polvo; es tan solo una cuestión de tiempo. Entonces, -¿cómo vivir si no es con la esperanza de que, cuando la brisa se lleve consigo nuestra existencia, haya aún algo de pie que pruebe nuestro paso por este mundo?- Esa es, tal vez, la razón fundamental por la que escribimos nuestro nombre en el revés de un asiento de colectivo o lo grabamos en la corteza de un árbol. O la razón por la que fotografiamos una noche especial, o nos casamos, o tenemos hijos, o escribimos nuestras historias en papel. Quizás nos aferremos a aquellas cosas únicamente porque no están sujetas a una vida efímera como la nuestra. Si bien un hombre puede expirar, su existencia seguirá por siempre inscripta en la memoria de su familia y en el sinfín de objetos que llevan su marca, y eso es el mayor consuelo ante la muerte.
Al bajar del colectivo, caminé unas pocas cuadras y atravesé las puertas del cementerio. Me dirigí a la capilla, donde tenía entendido sería la ceremonia. Al entrar en ella, la primera sorpresa fue encontrar que había un ataúd. En él, el cadáver de Fermín. Yo esperaba, en cambio, una vasija con cenizas, pues él me había aclarado en sendas ocasiones que prefería ser cremado, y no enterrado. Sin embargo, de eso había pasado ya cierto tiempo; muchos años tras nuestro distanciamiento, y quizás hubiera cambiado su opinión en aquel intervalo. Porque la gente nunca deja de cambiar de opinión. De todas maneras, lo que llamó verdaderamente mi atención fue lo que pasó a continuación. Mi mirada cruzó todo el ambiente hasta encontrarse con la de la viuda de Fermín. Sus ojos se notaban vidriosos y cansados de llorar, aún a la distancia. Pero al verme allí parado, fue en realidad muy interesante la transición de tristeza a odio y repudio visceral que se pudo apreciar inmediatamente en ellos. Se acercó a paso ágil hacia donde yo estaba parado y preguntó a secas por qué estaba allí. Le contesté que había leído su aviso, que de allí había conseguido la dirección y que sus palabras me habían parecido muy profundas. Fue entonces cuando, sin aviso previo, comenzó el escándalo. Me gritó una serie de acusaciones ininteligibles, con algún que otro insulto intercalado. Por suerte no olvidó recordarme que era un cobarde y que no merecía estar presente en la despedida de mi viejo gran amigo. Jamás me podría haber enojado con ella; pues decía sólo la verdad, y yo lo sabía.
Afortunadamente estaba su hijo próximo al bullicio y logró contener a su madre antes de que la situación escalase. La dejó con otros parientes para tranquilizarla, y se acercó a hablar conmigo. En el ínterin pude sentir miradas iracundas concentradas en mí, que no cesaron hasta que dejé la capilla junto al muchacho. Una vez afuera, me pidió amablemente que caminara junto a él, y accedí. Fue un alivio notar que él no me hablaba con recelo sino que lo hacía con incertidumbre y como quién recuerda con nostalgia un cariño perdido. Comenzó a interrogarme y yo contesté con sinceridad. Preguntó lo mismo que la madre, y recibió la misma respuesta, aunque reaccionó de diferente manera. Sus preguntas culminaron con la más trascendente de todas, que era, por supuesto, -¿por qué había traicionado a su padre?
Él era tan solo un niño cuando todo aquello había ocurrido, y posiblemente, debido a la bondad de Fermín, nunca había conocido los detalles. Quizás permaneciera aún en su mente la imagen de ese tío que lo visitaba esporádicamente con regalos y afecto. De haber estado frente a otra persona, tal vez hubiera mentido, pero en esta ocasión confesé lo que había, hasta ese momento, ocultado incluso de mí mismo.
-Envidia. Creo que fue pura envidia.- respondí. Noté que esperaba que me explayase, entonces continué:
-Verás, Fermín siempre fue mejor que yo, y ambos lo sabíamos. Sin embargo, solo porque él era una gran persona, se esmeraba inútilmente en hacerme creer que no era así. Por momentos hasta intentaba darme a entender que me admiraba. Él era más comprensivo y más inteligente que yo. Trataba a las mujeres con respeto, y ellas respondían a él. Bueno, vos conocés a tu madre; es una gran mujer. Pero lo que realmente intento expresar es que él parecía tenerlo todo, y yo no me sentía más que un estúpido intentando seguir su camino. De hecho, creo que lo era. Creo que quise lastimarlo porque ya no toleraba vivir detrás de él -, y tras un silencio agregué:
-No sé si es esto lo que buscabas escuchar.
Contemplé un odio incipiente en el rostro del chico, pero decidió contenerse, quizás respetando mi acto de honestidad. Entendí que él también sería un gran hombre, como su padre.
-Debés tener razón. Él era mejor persona que vos, indudablemente. Lo paradójico es, entonces, que realmente te admirara. Porque así era.- contestó.
-Tal vez hubiera hecho diferencia en otro momento, pero ahora el hombre está muerto y ya nada importa.- argumenté.
-Entonces es verdad, realmente sos un cobarde.- concluyó, con certeza.
No disidí y comprendió por mi expresión que ya no había nada más por decir. Enseguida se despidió y comenzó a caminar hacia la capilla. Le agradecí por su paciencia y lo saludé con un gesto a la distancia. De pronto recordé eso que me estaba molestando, y le grité que esperase. Pregunté si no sabía él qué palabra correspondía a la definición que me faltaba completar en el crucigrama. Dudó unos instantes, y después dijo al pasar, solo antes de marcharse:
–Alevosía. Creo que la palabra es alevosía.
Lo observé mientras se alejaba, y luego me dirigí hacia la parada del colectivo. En el camino, me invadió una fuerte sensación de satisfacción. De una vez por todas, sería capaz de terminar uno de esos crucigramas que, hasta entonces, jamás había logrado completar.
che esta tremendo este post emoo..
ResponderEliminarquien lo escribio?
jaja el boba :P
ResponderEliminarche emo este cuento esta sutilmente cambiado
ResponderEliminar"Venal. Creo que se dice venal"
asi terminaba el que esta en el librito del colegio. Me gusta más la palabra venal que alevosía, para este cuento.
Genial de todas maneras el cuento