Ya nada queda por decir: Ese día especial

Intro

            Quizás sea demasiado mundano como para atribuirme aquellas palabras que, a través de mis manos, encuentran lugar en un papel. No puedo evitar sentirme ajeno a esos textos que llevan mi nombre, pues al leerlos, no me encuentro en ellos. Son, en el más optimista de los casos, una recapitulación de ideas que sé no me pertenecen. Ideas que se apoderan de mí inopinadamente, al mirar por la ventana en una tarde nublada o contemplar un momento perfecto. Me consumen por las noches cuando, en penumbras, quedo a la merced de mis pensamientos y no convalezco sino hasta el momento cuando, inerme ante ellas, cedo y les encuentro una forma. Soy, entonces, tan solo un medio para entidades que rebasan mi comprensión, y que han sido concebidas largo tiempo antes de llegar a mí. Las percibo inscriptas en textos centenarios de grandes autores, con una perspicacia que excede mis limitaciones. Encuentro consuelo únicamente al pensar en que quizás las grandes ideas no tengan propietarios, y que tal vez algún día encuentre una de ellas escrita con perspicuidad en un texto que pueda llamar propio.

domingo, 31 de mayo de 2009

Ese día especial


El sol terminaba entonces de caer, escondiéndose bajo el lago en el horizonte, y junto a mi padre admirábamos sus últimos rayos color escarlata. Nos sentábamos cerca de la orilla, a pocos metros de nuestra casa, bajo las copas de los árboles más bajos, y mirábamos el atardecer jugando a las cartas, o al ajedrez, o simplemente conversando. No había más luz que la del crepúsculo vespertino, pero esta era suficiente para poder ver con claridad la superficie de la mesa y de nuestros rostros. Volvíamos todas las tardes a aquella rutina inexorable, casi tan invariable como la caída del sol o las ondulaciones sobre la superficie del agua, hasta escuchar a mi madre llamándonos por la cena. Aquellas tardes fueron, tal vez, los momentos más felices junto a mi padre que albergo en mi memoria. Sin embargo, tiempo después vendimos esa casa junto al lago, y con el tiempo crecí y ya no supe encontrar un espacio para compartir con él, o para pasar la tarde simplemente admirando un atardecer.

Recuerdo un día, en una de nuestras últimas visitas a aquel lugar que me acompañará por siempre, cuando una mosca de mayo se apoyó sobre la carta que yo acababa de jugar. Atisbé, por sobre las cartas que portaba cautelosamente en mi mano, al insecto que parecía mirarme desafiante. Desde ya, no era yo para esa mosca más que una gran masa amorfa, y no tendría sentido decir que buscaba provocarme, pero de todas maneras lancé mi mano impetuosamente hacia la mesa con la intención de aplastarla. Ágil y astuta, esquivó mi ataque sin mayor esfuerzo. Inmediatamente me paré, tirando detrás mi silla -gracias a mi escasa precisión motriz-, y comencé a batir los brazos en el aire como si tuviera chance alguna de alcanzarla. Mi padre, acaso con mayor piedad hacia mí que hacia el insecto, me dijo:

-Déjala tranquila, no pierdas el aliento. De todas maneras, no verá el amanecer.

Hice caso y me senté. Solo entonces comprendí que había hecho el ridículo, y que mi padre, con buena justificación, reía de su hijo. Sin embargo, me intrigó su segunda frase y le pregunté a qué se refería con lo del amanecer.

-Verás, ese insecto que acabas de intentar aplastar es una de las llamadas moscas de mayo. Lo peculiar acerca de ellas es que, si bien permanecen dormitantes en su estado de náyade durante varios meses, o incluso un año, una vez que terminan su metamórfosis y se vuelven adultas, logran vivir un solo día. Es decir, esa mosca que te acaba de eludir tan eficazmente, no vivirá ya más que unas pocas horas.- explicó, con seriedad. Después agregó, riendo nuevamente:

-Sin embargo, ha hecho un excelente trabajo haciendote quedar como un tonto.

Mi padre era erudito en la ciencia de la biología, así como en muchos otros campos, y no fallaba en demostrarlo cada vez que se daba la oportunidad. Usualmente odiaba yo sus lecciones espontáneas, y más aún cuando me encontraba con mis amigos (pues eso no lo frenaba), pero aquella vez, recuerdo que sus palabras me impactaron inesperadamente. No pude evitar sentir lástima por el pobre insecto que había ávidamente intentado exterminar minutos antes. Ya no me molestaba la idea de que descansara sobre nuestra mesa, o que merodeara a nuestro alrededor, ya que, después de todo, no era ese sino su último día de vida -y también su primero, paradójicamente.

-Qué triste-, dije a mi padre. -jamás tendrá tiempo para hacerse amigos, o conocer a alguien de la manera en que vos conociste a mamá.

Él sonrió, sorprendido por la madurez precoz de su hijo de ocho años. Prosiguió a explicarme:

-Debes entender, hijo, que para ellas vivir un día significa lo mismo que, para nosotros, vivir ochenta años. Ellas no perciben la brevedad de su vida, así como tu no sentirás que tu vida ha sido un acontecimento breve una vez que alcances tan avanzada edad. Piénsalo así: si bien tus ocho años de vida han sido ocho años para vos, imagina cómo los percibiría un ser que tuviera una vida natural de diez mil años. Ocho años han de ser para él tan solo un abrir y cerrar de ojos.

-Entonces, de alguna manera, ¿el tiempo pasa más lento para esa mosca de mayo que para nosotros?¿O para nosotros más lento que para aquel ser tan longevo?

-Sí, algo así. De todos modos, no creo que haya algún organismo en la tierra que viva tanto como diez mil años. Aunque hay tortugas que viven más de doscientos- contestó.

-Y no te preocupes por la mosca, pues sin dudas encontrará alguna pareja así como yo encontré a tu madre. Sino ya no existirían las moscas de mayo.

Al poco tiempo, nos envolvió el aroma a cerdo tierno, y junto con la voz de mi madre llamándonos, dimos por finalizada la partida de cartas. En realidad, no terminé de comprender las palabras de mi padre en aquel momento. Y para ser sincero, creo que no fue sino hasta casi setenta años más tarde -es decir, cinco minutos antes de comenzar a escribir estas líneas- que realmente asimilé la idea que mi padre, ya difunto, me quiso transmitir entonces.

Para cuando me acosté aquella noche, después de cenar, ocupaba mi cabeza no menos de una decena de preocupaciones más relevantes que la de la muerte inminente de una mosca de mayo. Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando me despertaron los primeros rayos del sol, noté casualmente a una de esas ya tan familiares moscas apoyada sobre el marco de mi ventana, y por un instante recordé lo que había dicho mi padre. Pensé en que el insecto que me había esquivado tan jovialmente anoche, probablemente yacía ya exánime sobre la tierra, en algún lugar cercano a la orilla del lago. Su cuerpo comenzaba a descomponerse, para nutrir la tierra que lo sostenía por debajo, y continuaba la cadena de la naturaleza. La mosca que contemplaba esa mañana sobre mi ventana, en cambio, acababa de nacer -si bien, bajo su percepción, probablemente ya hubiera transcurrido largo tiempo- y tenía toda su vida por delante. Luego alzó vuelo, y desapareció, de la misma manera en que lo hicieron estas ideas, para volver solo esporádicamente a lo largo de mi vida.

Acaso no habrá sido sino hasta hoy, al percatarme de que se acerca mi ocaso como se acercaba entonces el amanecer para esa mosca de mayo, cuando comprendí que mi padre estaba equivocado en un pequeño gran detalle de toda su explicación. He vivido ya largas décadas, así como aquel insecto había vivido casi un día cuando se posó sobre nuestra mesa, y sin embargo mis años no han sido más que un corto instante. Entiendo que la vida es indefectiblemente breve -dure un día, ochenta años o diez milenios-, pues a uno siempre le queda mucho por hacer, y nunca faltan esas cosas que desearía no haber dejado escapar. Verán, poco después de aquella noche, vendimos la casa junto al lago y ya nunca volví a compartir otro momento memorable como esos con mi padre. Luego, sin aviso, un accidente se lo llevó antes de su tiempo, y no quedó ya más consuelo que recordarlo, y añorar aquellos atardeceres con él. Ahora muchos años han pasado, y es mi turno; ya viví mi día, mis ochenta años, mis diez milenios.

Miro por la ventana. Se asoman los primeros rayos del sol. Ya llega el amanecer.

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