Ya nada queda por decir: 2009

Intro

            Quizás sea demasiado mundano como para atribuirme aquellas palabras que, a través de mis manos, encuentran lugar en un papel. No puedo evitar sentirme ajeno a esos textos que llevan mi nombre, pues al leerlos, no me encuentro en ellos. Son, en el más optimista de los casos, una recapitulación de ideas que sé no me pertenecen. Ideas que se apoderan de mí inopinadamente, al mirar por la ventana en una tarde nublada o contemplar un momento perfecto. Me consumen por las noches cuando, en penumbras, quedo a la merced de mis pensamientos y no convalezco sino hasta el momento cuando, inerme ante ellas, cedo y les encuentro una forma. Soy, entonces, tan solo un medio para entidades que rebasan mi comprensión, y que han sido concebidas largo tiempo antes de llegar a mí. Las percibo inscriptas en textos centenarios de grandes autores, con una perspicacia que excede mis limitaciones. Encuentro consuelo únicamente al pensar en que quizás las grandes ideas no tengan propietarios, y que tal vez algún día encuentre una de ellas escrita con perspicuidad en un texto que pueda llamar propio.

lunes, 26 de octubre de 2009

domingo, 31 de mayo de 2009

Harlod Whittles


El momento capturado por esta foto es el preciso instante en el cual Harold Whittles -un nene de cuatro años, sordo de nacimiento- escuchaba por primera vez un sonido; posible, únicamente, a través del audífono que se ve en su oreja izquierda. Un relato anónimo sobre aquel día:

"La sala de espera es un lugar frío y silencioso. El suelo, las blancas baldosas del suelo, parecen mucho más muertas, más inertes, más insensibles, que el suelo de cualquier otro lugar.

El pequeño Harold espera junto a su madre, sentado en una incómoda silla de plástico. Sus pies quedan colgando en el aire; no tocan el desangelado suelo, y eso le alivia. Su madre viste un traje beige estampado. Tiene las manos encima de las rodillas y no para de mover los dedos. Parece nerviosa. Está nerviosa.

Harold mira a su alrededor. En la sala hay más gente; todos están enfermos, pero al pequeño le parecen más que eso, le parece que todos estén muertos. Sus ojos no tienen vida, no brillan; y sus miradas se pierden en el vacío.

Una puerta se abre y el doctor se asoma a la sala de espera, echa un vistazo a su alrededor y llama Harold por su nombre, aunque el chico no puede oírle.

La madre del pequeño se levanta arrastrando a éste del brazo. Saluda al doctor y entran en la consulta. La puerta se cierra.

El doctor es un hombre corpulento, de unos cincuenta y cinco años; su cabello es blanquecino, como si le acabase de caer una nevada encima, sus carrillos están sonrojados y tiene una gigantesca sonrisa dibujada en el rostro.

Harold está asustado y cierra los ojos mientras el doctor le examina los oídos. Así, con los ojos cerrados, al pequeño le parece que el mundo haya dejado de girar. Todo está oscuro y silencioso. Percibe un lejano olor, quizá desinfectante, aunque no está seguro. Se imagina que el cielo debe oler de esa manera; como si continuamente lo acabaran de limpiar.

Entonces ocurre algo inesperado. El pequeño Harold cree percibir un sonido. El doctor camina por la consulta y le parece que de forma casi imperceptible pueda escuchar sus pasos; muy a lo lejos, como si fueran gotas de lluvia chocando contra el asfalto.

Asustado abre los ojos e intenta buscar a su madre; la luz de la sala le ciega y no consigue ver con claridad. Desesperado intenta llamar su atención, y sin darse cuenta emite un resquebrajado sonido intentando que su madre se acerque. Y justo en ese instante, en ese preciso momento, el pequeño Harold Whittles escucha por primera vez su voz."

Recuerdo póstumo


"Quinquela, Fermín (q.e.p.d.), falleció el 04-05-91. Querido padre y esposo. El mundo sentirá con pesar tu partida, y jamás serás olvidado. ", leía el aviso fúnebre. Nunca comprendí por qué utilizan la palabra “falleció” en estos mensajes; como si una doble ele insípida pudiera transmitir el dolor de perder a un ser querido. Esas líneas captaron mi atención en particular, pues estaban dirigidas hacia el muerto y no hacia los curiosos, tales como yo, que tienen el hábito algo inusual de ojear el obituario. Me pregunté quién sería tan ingenuo como para dirigirse a un muerto; hasta donde yo entiendo, no pueden responder. Tras leer superficialmente los títulos más relevantes, tomé un baño y me preparé para salir.

Afortunadamente el clima estaba fresco y el cielo nublado, porque no tolero el calor y además hubiera sido realmente odioso tener que lidiar con un sol imponente en aquel día tan solemne. Empecé a caminar hacia la parada de colectivos, enfurecido porque los malditos del periódico habían incluido en el crucigrama una palabra que, de no ser por el diccionario, ellos tampoco conocerían. Había logrado completar todos los casilleros excepto siete de los ocho provistos para esa palabra. Honestamente, -¿quién sabe qué vocablo, de cuarta letra ve, corresponde a la definición: “Deslealtad, perfidia.”?

Noté a la distancia que la fila para tomar mi colectivo era extensa, y pensé que me vería obligado a viajar parado; pero por suerte conseguí asiento poco después de subir, y viajé sentado todo el trayecto. No pude evitar observar las personas a mi alrededor, de una manera metódica, casi científica. Intentaba entender sus motivaciones, o descubrir sus aspiraciones y sus destinos, como quien procura comprender el comportamiento de moscas volando alrededor de la basura, o el de los niños y sus piruetas en el arenero de una plaza. Acaso será únicamente en esa actividad donde encuentro el gran atractivo a viajar en transporte público; diluyo mi percepción del tiempo simplemente pensando y contemplando, hasta que llego a mi destino y me sorprendo por la fluidez del viaje.

En esta ocasión me tocó observar a una pareja besándose como animales en los asientos que precedían al mío, mientras escribían garabatos románticos en los asientos que precedían a los suyos. Se veían felices, debo admitirlo, pero no pude evitar notar cómo miraba él persistentemente a una mujer rubia, de cabello rizado e increíblemente atractiva, parada a solo unos pocos asientos de distancia. Mientras tanto, su novia seguramente debatía en su mente cómo habría de confesar su primera infidelidad, cometida la noche previa o tal vez la anterior. Esto último desde ya no es más que una mera suposición –delirios de un viajero en tiempo de ocio-, pero me resulta más entretenido recordarlo así. Destinados al fracaso, seguramente. Por momentos también me atrevo a imaginar que quizás alguno de todos aquellos que viajan conmigo, la mujer en el asiento de la ventana, o el pobre desgraciado parado del otro lado, sean de hecho la chica -ya mayor y desvaída- que me dio mi primer beso cuando su piel aún estaba tersa y sus pechos se encontraban a la altura del corazón, o ese viejo amigo de mi infancia que emigró a otro país. Hace ya demasiado tiempo que sus rostros se desdibujaron de mi memoria.

Sin razón aparente, recordé el mensaje que había leído más temprano. Revisé mentalmente sus líneas, y me percaté, solo entonces, de su verdadero valor. Era una declaración, que buscaba dejar en claro que el bien ponderado Fermín había efectivamente logrado aquello que toda persona puede querer. Porque, después de todo, nada en la vida es más importante que el legado. Nuestro destino no es sino el de ser polvo; es tan solo una cuestión de tiempo. Entonces, -¿cómo vivir si no es con la esperanza de que, cuando la brisa se lleve consigo nuestra existencia, haya aún algo de pie que pruebe nuestro paso por este mundo?- Esa es, tal vez, la razón fundamental por la que escribimos nuestro nombre en el revés de un asiento de colectivo o lo grabamos en la corteza de un árbol. O la razón por la que fotografiamos una noche especial, o nos casamos, o tenemos hijos, o escribimos nuestras historias en papel. Quizás nos aferremos a aquellas cosas únicamente porque no están sujetas a una vida efímera como la nuestra. Si bien un hombre puede expirar, su existencia seguirá por siempre inscripta en la memoria de su familia y en el sinfín de objetos que llevan su marca, y eso es el mayor consuelo ante la muerte.

Al bajar del colectivo, caminé unas pocas cuadras y atravesé las puertas del cementerio. Me dirigí a la capilla, donde tenía entendido sería la ceremonia. Al entrar en ella, la primera sorpresa fue encontrar que había un ataúd. En él, el cadáver de Fermín. Yo esperaba, en cambio, una vasija con cenizas, pues él me había aclarado en sendas ocasiones que prefería ser cremado, y no enterrado. Sin embargo, de eso había pasado ya cierto tiempo; muchos años tras nuestro distanciamiento, y quizás hubiera cambiado su opinión en aquel intervalo. Porque la gente nunca deja de cambiar de opinión. De todas maneras, lo que llamó verdaderamente mi atención fue lo que pasó a continuación. Mi mirada cruzó todo el ambiente hasta encontrarse con la de la viuda de Fermín. Sus ojos se notaban vidriosos y cansados de llorar, aún a la distancia. Pero al verme allí parado, fue en realidad muy interesante la transición de tristeza a odio y repudio visceral que se pudo apreciar inmediatamente en ellos. Se acercó a paso ágil hacia donde yo estaba parado y preguntó a secas por qué estaba allí. Le contesté que había leído su aviso, que de allí había conseguido la dirección y que sus palabras me habían parecido muy profundas. Fue entonces cuando, sin aviso previo, comenzó el escándalo. Me gritó una serie de acusaciones ininteligibles, con algún que otro insulto intercalado. Por suerte no olvidó recordarme que era un cobarde y que no merecía estar presente en la despedida de mi viejo gran amigo. Jamás me podría haber enojado con ella; pues decía sólo la verdad, y yo lo sabía.

Afortunadamente estaba su hijo próximo al bullicio y logró contener a su madre antes de que la situación escalase. La dejó con otros parientes para tranquilizarla, y se acercó a hablar conmigo. En el ínterin pude sentir miradas iracundas concentradas en mí, que no cesaron hasta que dejé la capilla junto al muchacho. Una vez afuera, me pidió amablemente que caminara junto a él, y accedí. Fue un alivio notar que él no me hablaba con recelo sino que lo hacía con incertidumbre y como quién recuerda con nostalgia un cariño perdido. Comenzó a interrogarme y yo contesté con sinceridad. Preguntó lo mismo que la madre, y recibió la misma respuesta, aunque reaccionó de diferente manera. Sus preguntas culminaron con la más trascendente de todas, que era, por supuesto, -¿por qué había traicionado a su padre?

Él era tan solo un niño cuando todo aquello había ocurrido, y posiblemente, debido a la bondad de Fermín, nunca había conocido los detalles. Quizás permaneciera aún en su mente la imagen de ese tío que lo visitaba esporádicamente con regalos y afecto. De haber estado frente a otra persona, tal vez hubiera mentido, pero en esta ocasión confesé lo que había, hasta ese momento, ocultado incluso de mí mismo.

-Envidia. Creo que fue pura envidia.- respondí. Noté que esperaba que me explayase, entonces continué:

-Verás, Fermín siempre fue mejor que yo, y ambos lo sabíamos. Sin embargo, solo porque él era una gran persona, se esmeraba inútilmente en hacerme creer que no era así. Por momentos hasta intentaba darme a entender que me admiraba. Él era más comprensivo y más inteligente que yo. Trataba a las mujeres con respeto, y ellas respondían a él. Bueno, vos conocés a tu madre; es una gran mujer. Pero lo que realmente intento expresar es que él parecía tenerlo todo, y yo no me sentía más que un estúpido intentando seguir su camino. De hecho, creo que lo era. Creo que quise lastimarlo porque ya no toleraba vivir detrás de él -, y tras un silencio agregué:

-No sé si es esto lo que buscabas escuchar.

Contemplé un odio incipiente en el rostro del chico, pero decidió contenerse, quizás respetando mi acto de honestidad. Entendí que él también sería un gran hombre, como su padre.

-Debés tener razón. Él era mejor persona que vos, indudablemente. Lo paradójico es, entonces, que realmente te admirara. Porque así era.- contestó.

-Tal vez hubiera hecho diferencia en otro momento, pero ahora el hombre está muerto y ya nada importa.- argumenté.

-Entonces es verdad, realmente sos un cobarde.- concluyó, con certeza.

No disidí y comprendió por mi expresión que ya no había nada más por decir. Enseguida se despidió y comenzó a caminar hacia la capilla. Le agradecí por su paciencia y lo saludé con un gesto a la distancia. De pronto recordé eso que me estaba molestando, y le grité que esperase. Pregunté si no sabía él qué palabra correspondía a la definición que me faltaba completar en el crucigrama. Dudó unos instantes, y después dijo al pasar, solo antes de marcharse:

–Alevosía. Creo que la palabra es alevosía.

Lo observé mientras se alejaba, y luego me dirigí hacia la parada del colectivo. En el camino, me invadió una fuerte sensación de satisfacción. De una vez por todas, sería capaz de terminar uno de esos crucigramas que, hasta entonces, jamás había logrado completar.

Insidia Crónica


Al cruzar la puerta, sintió nuevamente el olor a humedad y a encierro que ya comenzaba a tornarse familiar. Las corridas -junto al insensato vicio del tabaco- le habían quitado el aliento, pero lo importante era que ya se sentía seguro, y había logrado perder al hombre que hacía tiempo lo perseguía sin descanso. Entendía, sin embargo, que no pasaría más de un día, o tal vez dos, hasta que él lo encontrara allí donde ahora se refugiaba. No lograba acertar cuándo ni por qué razón había comenzado aquella trama, pero empezaba a resultarle una eternidad, y por momentos anhelaba que aquel hombre lo alcanzara, que ya no fuera necesario correr, y que la insidia concluyera.

La habitación parecía haber caído en desuso hacía ya largo tiempo. Una capa gruesa de polvo cubría todo; la cama, deshecha, daba indicios de no haber alojado el sueño de ningún inquilino en meses. Las velas se encontraban prácticamente consumidas, y finas cuerdas de telaraña ornamentaban el candelabro que las sostenía. El tiempo parecía fluir a otro ritmo entre aquellas paredes. Pero allí encontró la parsimonia que le devolvería el sueño, y eso era suficiente para que las manchas de humedad parecieran perfectos adornos, y las hormigas que entrecruzaban sus pies, grandes compañeras.

Tanteó sus bolsillos para encontrar en ellos un último cigarrillo, y la caja de fósforos que usaría para prenderlo. Al sentarse en la cama recordó aquellos tiempos cuando de niño pasaba la tarde jugando con sus amigos de la infancia –los únicos que desde entonces sintió verdaderos- y volvía a su casa agotado, y sin apetito y sin aliento, solo para echarse en su cama. Aquella lo recibía, tal como en la que ahora descansaba, con la superficie fría y lista para robarle el calor y el sueño en cuestión de minutos. Hacía tiempo que no lo acompañaba ese sosiego, y prendiendo un fósforo pudo apreciar, por tan solo unos segundos, la belleza secreta de aquella habitación cálidamente inhóspita que cada vez se tornaba más familiar. Encendió su cigarrillo, pero tras unas pocas pitadas este resbaló de su mano dormida y cayó al suelo, donde se consumió lentamente.

Se despertó transpirado y respirando con dificultad, aún inmerso en una insondable oscuridad. No sabía con precisión qué había soñado –pues nunca recordaba sus sueños-, pero supuso que había soñado con él de nuevo. Aquel hombre mezquino que no se conformaba con acosarlo durante el día, sino que, por pura diversión, lo hacía también en sus sueños. Aún sin despabilarse, escuchó el crujir de la madera del piso del pasillo, que afortunadamente se entreveraba con las risas de una pareja. –Suenan felices-, pensó y encontró en ello una alegría. En pocos segundos las risas se transformaron en besos, en el sonido de llaves tintineando y una cerradura abriéndose, y finalmente en un portazo que le devolvió su soledad y su silencio. Durmió.

El primer rayo de la mañana le recordó, acaso ya demasiado tarde, que había olvidado cerrar la cortina de la pequeña ventana en el fondo, la cual proveía a la habitación de luz y aire. Despertó nuevamente, esta vez con sutileza y bien descansado. Los rugidos de su estómago le recordaron que había pasado largas horas sin comer, y junto a un paquete vacio de cigarrillos sobre la mesa, la necesidad de ir a un almacén se hizo evidente. Además compraría un diario, pues, si bien hacía tiempo se había desentendido de las noticias, no sabía cuál era la fecha y eso lo desconcertaba. Su vida ya no era más que un constante equilibrio entre deshauciadas corridas, y habitaciones negras y húmedas, lo que logra que uno pierda la cuenta. Creyó que quizás él mismo disfrutaba inadvertidamente de aquella tortuosa dinámica; que tal vez él mismo buscaba el desarraigo que ella le provocaba, y que por eso se permitía escapar incesantemente de un hombre que jamás se justificaba, y cuyo rostro aún no había logrado desentrañar.

Iluminada, la habitación era otra. Se veía más extraña y ajena, y él ya no se sentía cómodo allí. Por eso es que no vaciló en ignorar los riesgos de salir a la calle. Al asomarse al pasillo, vio a un hombre en una bata roja, parado tras la puerta de la habitación 308, y arguyó que se trataba del mismo que lo había despertado la noche anterior. Lo saludó brevemente con un gesto, y continuó su camino escaleras abajo. Al salir del edificio, se vio gratamente envuelto por una corriente de aire fresco. El piso estaba mojado y el cielo algo nublado; había llovido. Había gente en la acera que aún cargaba sus paraguas desplegados, pero ya no llovía. Con sus pilotos y sus paraguas todos se veían similares. Pidió indicaciones a un transeúnte con aspecto de local, y caminó hacia el mercado más cercano a paso rápido.

-¿Con qué lo puedo ayudar, caballero?- preguntó el empleado, un hombre de cejas abundantes y crispadas, de color ceniza, que usaba una boina posiblemente para ocultarlas.

-Un poco de salame, queso y pan, por favor- contestó él sin demora, mientras inspeccionaba el negocio. Había detrás suyo una mujer, y no pudo evitar notarla y admirarla con su propia mirada pretenciosa.

Al regresar el empleado, agregó: Sí, sí. Así está bien. Unos Commander, y un ejemplar de La Nación también, si sería tan amable.

Pensó en que ella, la de atrás, era en realidad hermosa, y seguramente estaba casada y tenía hijos, porque las mujeres así no tardan en encontrar un hombre que las quiera. Nuevamente imaginaba un universo de situaciones, un sinfín de conversaciones que podría intentar entablar con ella para conocerla. Para incitarle acaso algún tipo de interés por ese hombre con rostro cansino y deteriorado que la precedía en la fila. Sin embargo, nunca lo haría. Sus propias inseguridades hacían su parte, y continuaban restringiendo todas aquellas posibilidades que conllevaran un final alternativo a la desazón. Se encontraba sometido a la insidia crónica de un amargo e inevitable desencuentro.

-Ya le digo cuánto me debe.- lo interrumpió el hombre de cejas robustas, sin percatarse de todo lo que atormentaba a su cliente.

-No, no se preocupe. Tome, y guarde el cambio.

Abnegado por sus limitaciones, apoyó el dinero sobre el mostrador y, esbozando una sonrisa escondida, tomó un puñado de caramelos y los dejó en la canasta de aquella mujer que no volvería a ver, procurando que ella no lo advirtiera.

Al salir del negocio, miró desorientado la fecha en el diario. Era aún 1969, aún el mes de diciembre. No comprendía cómo es que habían sido no más que unos pocos días desde que aquel hombre había tocado a su puerta y llamado su nombre por primera vez. De haber tenido que adivinar, habría presumido que ya corría febrero o marzo del 70’. Fue entonces cuando comenzó a sentir las gotas caer sobre su pelo, y decidió acelerar el paso. Todos ellos que antes cargaban el paraguas sin necesidad, ahora probablemente se reían de él por dentro, mientras caminaba errático y se mojaba bajo la lluvia, y sonreía como si no se hubiera divertido tanto desde niño.

Al cruzar el umbral del edificio, se secó los pies para no arruinar la alfombra de las escaleras, e inmediatamente prendió el primer cigarrillo de su nuevo paquete. Comenzó a subir, y al llegar al primer piso escuchó el inconfundible chirrido de la enorme puerta del edificio abriéndose. Iba casi por el segundo nivel, cuando se percató de que alguien empezaba a subir las escaleras detrás de él; y, al llegar al tercero, notó que se agilizaba la frecuencia de los pasos, y los sintió cada vez más cercanos y más vehementes. Fue entonces cuando comprendió que se trataba de él. Aquel hombre lo había encontrado, y, una vez más, lo venía a buscar. Se apuró hasta la puerta del 305, metió la llave en la cerradura y no fue sino hasta cuando dio el segundo giro que escuchó la reverberación de su nombre atravesando el pasillo. El cigarrillo recién encendido resbaló de sus labios nerviosos, y cayó al suelo. Su nombre sonó, dos veces sonó, y cuando volvió a sonar, ya no hubo lugar a dudas. La única opción era dar media vuelta, y correr en dirección contraria, sin mirar hacia atrás.

Al pasar por un instante frente a la puerta del 308, volvió a escuchar risas y alegría, junto a un golpeteo frenético, y lo tomó por sorpresa una fuerte sensación de envidia. Pensó en que algún día le gustaría, a él también, poder usar una bata roja y pararse tranquilo en su pasillo, terminar un cigarrillo, o quizás hasta darse la oportunidad de conocer a una mujer hermosa. Pero nada de eso importaba ya; escuchaba su nombre cada vez más fuerte, y no quedaba alternativa sino correr en dirección contraria, sin mirar hacia atrás, sin mirar hacia aquel rostro impreciso que se acercaba cada vez más rápido.

Un hombre agitado y sin aliento caminaba a paso ligero por el pasillo del tercer piso, escuchando el crujir de la madera bajo sus pies y las risas de una pareja en una habitación del fondo. Se acercó a la puerta del 305, y, para su sorpresa, la encontró abierta. Le resultó peculiar, pero no reparó en ello, pues no tenía tiempo para detenerse. Al cruzar la puerta, sintió nuevamente el olor a humedad y a encierro que ya comenzaba a tornarse familiar, sin notar el cigarrillo prendido que yacía sobre el piso, del otro lado, consumiéndose lentamente.

Ese día especial


El sol terminaba entonces de caer, escondiéndose bajo el lago en el horizonte, y junto a mi padre admirábamos sus últimos rayos color escarlata. Nos sentábamos cerca de la orilla, a pocos metros de nuestra casa, bajo las copas de los árboles más bajos, y mirábamos el atardecer jugando a las cartas, o al ajedrez, o simplemente conversando. No había más luz que la del crepúsculo vespertino, pero esta era suficiente para poder ver con claridad la superficie de la mesa y de nuestros rostros. Volvíamos todas las tardes a aquella rutina inexorable, casi tan invariable como la caída del sol o las ondulaciones sobre la superficie del agua, hasta escuchar a mi madre llamándonos por la cena. Aquellas tardes fueron, tal vez, los momentos más felices junto a mi padre que albergo en mi memoria. Sin embargo, tiempo después vendimos esa casa junto al lago, y con el tiempo crecí y ya no supe encontrar un espacio para compartir con él, o para pasar la tarde simplemente admirando un atardecer.

Recuerdo un día, en una de nuestras últimas visitas a aquel lugar que me acompañará por siempre, cuando una mosca de mayo se apoyó sobre la carta que yo acababa de jugar. Atisbé, por sobre las cartas que portaba cautelosamente en mi mano, al insecto que parecía mirarme desafiante. Desde ya, no era yo para esa mosca más que una gran masa amorfa, y no tendría sentido decir que buscaba provocarme, pero de todas maneras lancé mi mano impetuosamente hacia la mesa con la intención de aplastarla. Ágil y astuta, esquivó mi ataque sin mayor esfuerzo. Inmediatamente me paré, tirando detrás mi silla -gracias a mi escasa precisión motriz-, y comencé a batir los brazos en el aire como si tuviera chance alguna de alcanzarla. Mi padre, acaso con mayor piedad hacia mí que hacia el insecto, me dijo:

-Déjala tranquila, no pierdas el aliento. De todas maneras, no verá el amanecer.

Hice caso y me senté. Solo entonces comprendí que había hecho el ridículo, y que mi padre, con buena justificación, reía de su hijo. Sin embargo, me intrigó su segunda frase y le pregunté a qué se refería con lo del amanecer.

-Verás, ese insecto que acabas de intentar aplastar es una de las llamadas moscas de mayo. Lo peculiar acerca de ellas es que, si bien permanecen dormitantes en su estado de náyade durante varios meses, o incluso un año, una vez que terminan su metamórfosis y se vuelven adultas, logran vivir un solo día. Es decir, esa mosca que te acaba de eludir tan eficazmente, no vivirá ya más que unas pocas horas.- explicó, con seriedad. Después agregó, riendo nuevamente:

-Sin embargo, ha hecho un excelente trabajo haciendote quedar como un tonto.

Mi padre era erudito en la ciencia de la biología, así como en muchos otros campos, y no fallaba en demostrarlo cada vez que se daba la oportunidad. Usualmente odiaba yo sus lecciones espontáneas, y más aún cuando me encontraba con mis amigos (pues eso no lo frenaba), pero aquella vez, recuerdo que sus palabras me impactaron inesperadamente. No pude evitar sentir lástima por el pobre insecto que había ávidamente intentado exterminar minutos antes. Ya no me molestaba la idea de que descansara sobre nuestra mesa, o que merodeara a nuestro alrededor, ya que, después de todo, no era ese sino su último día de vida -y también su primero, paradójicamente.

-Qué triste-, dije a mi padre. -jamás tendrá tiempo para hacerse amigos, o conocer a alguien de la manera en que vos conociste a mamá.

Él sonrió, sorprendido por la madurez precoz de su hijo de ocho años. Prosiguió a explicarme:

-Debes entender, hijo, que para ellas vivir un día significa lo mismo que, para nosotros, vivir ochenta años. Ellas no perciben la brevedad de su vida, así como tu no sentirás que tu vida ha sido un acontecimento breve una vez que alcances tan avanzada edad. Piénsalo así: si bien tus ocho años de vida han sido ocho años para vos, imagina cómo los percibiría un ser que tuviera una vida natural de diez mil años. Ocho años han de ser para él tan solo un abrir y cerrar de ojos.

-Entonces, de alguna manera, ¿el tiempo pasa más lento para esa mosca de mayo que para nosotros?¿O para nosotros más lento que para aquel ser tan longevo?

-Sí, algo así. De todos modos, no creo que haya algún organismo en la tierra que viva tanto como diez mil años. Aunque hay tortugas que viven más de doscientos- contestó.

-Y no te preocupes por la mosca, pues sin dudas encontrará alguna pareja así como yo encontré a tu madre. Sino ya no existirían las moscas de mayo.

Al poco tiempo, nos envolvió el aroma a cerdo tierno, y junto con la voz de mi madre llamándonos, dimos por finalizada la partida de cartas. En realidad, no terminé de comprender las palabras de mi padre en aquel momento. Y para ser sincero, creo que no fue sino hasta casi setenta años más tarde -es decir, cinco minutos antes de comenzar a escribir estas líneas- que realmente asimilé la idea que mi padre, ya difunto, me quiso transmitir entonces.

Para cuando me acosté aquella noche, después de cenar, ocupaba mi cabeza no menos de una decena de preocupaciones más relevantes que la de la muerte inminente de una mosca de mayo. Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando me despertaron los primeros rayos del sol, noté casualmente a una de esas ya tan familiares moscas apoyada sobre el marco de mi ventana, y por un instante recordé lo que había dicho mi padre. Pensé en que el insecto que me había esquivado tan jovialmente anoche, probablemente yacía ya exánime sobre la tierra, en algún lugar cercano a la orilla del lago. Su cuerpo comenzaba a descomponerse, para nutrir la tierra que lo sostenía por debajo, y continuaba la cadena de la naturaleza. La mosca que contemplaba esa mañana sobre mi ventana, en cambio, acababa de nacer -si bien, bajo su percepción, probablemente ya hubiera transcurrido largo tiempo- y tenía toda su vida por delante. Luego alzó vuelo, y desapareció, de la misma manera en que lo hicieron estas ideas, para volver solo esporádicamente a lo largo de mi vida.

Acaso no habrá sido sino hasta hoy, al percatarme de que se acerca mi ocaso como se acercaba entonces el amanecer para esa mosca de mayo, cuando comprendí que mi padre estaba equivocado en un pequeño gran detalle de toda su explicación. He vivido ya largas décadas, así como aquel insecto había vivido casi un día cuando se posó sobre nuestra mesa, y sin embargo mis años no han sido más que un corto instante. Entiendo que la vida es indefectiblemente breve -dure un día, ochenta años o diez milenios-, pues a uno siempre le queda mucho por hacer, y nunca faltan esas cosas que desearía no haber dejado escapar. Verán, poco después de aquella noche, vendimos la casa junto al lago y ya nunca volví a compartir otro momento memorable como esos con mi padre. Luego, sin aviso, un accidente se lo llevó antes de su tiempo, y no quedó ya más consuelo que recordarlo, y añorar aquellos atardeceres con él. Ahora muchos años han pasado, y es mi turno; ya viví mi día, mis ochenta años, mis diez milenios.

Miro por la ventana. Se asoman los primeros rayos del sol. Ya llega el amanecer.

Una idea en el aire


Esa vez era él, y no uno de sus ya tan traídos y llevados personajes, quien despertaba a medianoche faltando aún largas horas para el amanecer. La luz de la luna se asomaba segura por su ventana, y se reflejaba sobre su frente cubierta de sudor, cruzando la habitación que iluminaba cándidamente. Comprendió que su prematuro despertar no era producto de sus cuantiosas preocupaciones o de su ansiedad, ni de un indescifrable sueño acerca de flores blancas y largas, y sin aroma. Lo que se interponía entre él y su descanso era el poder incontrolable de una idea; y, bajo la noción de que no hay mejor método para exorcizar una idea que el de materializarla, tomó su máquina de escribir así como un músico se haría con su instrumento, o un pintor con su pincel. Pues él era un escritor, y sabía que las ideas trascendentes (aquellas que sin consuelo invaden todo el ser, y hacen uso de uno como un simple medio para cumplir su esencia y concebirse en esta tierra) no desisten hasta que su anfitrión cede ante ellas y les encuentra lugar en un papel. O, alternativamente según las habilidades de cada uno, en una melodía, o un lienzo o donde sea posible. Lo importante es liberarlas, desapropiarse de ellas y devolverlas a la naturaleza y a la humanidad.

A los pocos minutos de la conmoción, se gestaba una suerte de catarsis fulminante a través de sus manos. Junto al armonioso golpeteo arrítmico de teclas pesadas, las hojas pálidas y resplandecientes se manchaban con extraños símbolos de tinta negra, que buscaban ser palabras, y quizás incluso expresar un significado. El tiempo pareció frenarse dentro de la habitación, como si viajara él y su máquina sobre un etéreo haz de luz plateada; o acaso se habría frenado en efecto, pues el texto crecía rápidamente, y la idea que lo alimentaba apenas si comenzaba a manifestarse entre sus líneas. Sin embargo, el autor, ya fuera de sí, no sabía que lamentablemente aquellas páginas permanecerían por siempre inconclusas y acalladas. Alguien se acercaba en parsimonia, caminando erráticamente por las calles de ese mundo ajeno, con intenciones de ponerle fin a otra historia; una más antigua, y protagonizada por la desazón y la traición. Aunque, tal vez, fuera aquel otro mundo, el exterior, el que se encontraba aislado de la realidad, y aquella estuviera contenida entre las acotadas paredes donde reverberaba el ritmo de las teclas.

-Es como la electricidad, o el caudal de un río que fluye a través de uno. Es fuego salvaje, que se inicia espontáneamente desde las vísceras, y encuentra luego su camino hasta el corazón, y las manos, y los pies- escribía el escritor, inútilmente procurando describir las sensaciones que lo inundaban desde su despertar. Sus intentos eran desde ya infructuosos, ya que lo que sentía también formaba parte de su idea, y esa era tan enigmática como esquiva, y no era realmente suya.

Su garganta, reseca, pedía agua y él la proveía; sus manos, hastiadas y sobre exigidas, pedían descanso, y él lo negaba. Si bien no comprendía plenamente sus motivaciones, e ignoraba por completo su inminente destino, por una razón indeterminable le resultaba intuitivo que no tenía tiempo para derrochar.

-Las teclas pisaban, y dejaban su marca...El otro ya se aproximaba; a sus espaldas, mezquinamente, urdía y tramaba...

No pudo evitar recordar, en aquel momento, las otras innumerables veces cuando se había encontrado en una situación similar a aquella, pero ninguna de esas parecía acarrear la misma relevancia. Los personajes y las historias que había previamente creado -o, quizás, sería más preciso conformarse con decir 'escrito'-, no eran sino meramente juegos de la creatividad e indulgencias de un relator en tiempos de ocio. Todos sus textos eran, en efecto, nada más que derivaciones alternativas de las mismas experiencias; memorias tergiversadas, tomando un nuevo significado en cada ocasión. Y sus personajes, si bien todos llevaban, de texto a texto, diferentes nombres y contexturas físicas y colores de pelo, representaban a los mismos pocos individuos que habían sesgado profúndamente la vida de quien ahora los caracterizaba. Por primera vez, las hojas tomaban un sentido diferente, y se inscribía en ellas la esencia misma de su mecanógrafo, sin trampas, sin perversos artilugios.

-Uno, dos, tres... Acercar mis labios a sus labios, sentir su aliento y su calor; pedía coraje a Dios, aún sin creer en él. Me acosaba entonces la incertidumbre, pues al cerrar los ojos ya no vería los suyos, ni las expresiones de su cara, y no sabría si existía disentimiento y rechazo sino hasta cuando ella tan ácidamente lo expresara. Aunque tal vez el fracaso no pudiera estar más lejos, y yo habría de sentir la fragancia indómita de su piel, y la ternura del umbral de su boca; y la única manera de comprobarlo era pedir y encontrar coraje, y acercar mis labios a sus labios. Buscar su aliento, y su calor.

El hombre escribía su biografía, sus confesiones, sus penas, sus dolores. No comprendía realmente qué es lo que llenaba esas páginas, pero sabía que fluía animosamente a través de sus manos, y no pensaba frenarlo. Simplemente se sentía demasiado bien, demasiado sensato, y necesario. Pensaba que ya habría tiempo para descansar -sin saber que, en realidad, descanso era poco menos que todo lo que quedaba para él, y proseguiría con su tarea imprecisa hasta que la idea que lo convulsionaba estuviera saciada.

-Mi madre, o tal vez un amigo, yacía ya sin intriga sobre la cama blanca, anunciando su partida. O quizá fuera mi hermana la que se encontraba acostada bajo las sábanas, o mi padre, no lo sé con certeza; el rostro y la silueta que presenciaba entonces se desvanecían en las reminiscencias de ese pasado, marcado por el dolor lacerante de una separación inexorable. No podía evitar pensar en mi propia muerte; ¿cuántas ideas, excelsas o redundantes, se disiparían en el aire al no encontrarse con su mecanógrafo? Sería acaso como cuando se rompe la cuerda de un violín, evocando un sonido férreo y sin tonalidades definidas, y olvidando por siempre las dulces melodías que hubieran sabido sonar en ella.

Paulatinamente, la frecuencia de las teclas se hacía menor, y el ritmo caótico que estas producían se tornaba predecible y encontraba sus silencios. Los párpados, tan livianos como siempre lo fueron, pesaban y caían derrotados, tapando sus ojos. Las hojas blancas ya no parecían fosforescentes ante los rayos de luz plateada, sino meramente papeles de color blanco mate, manchados por tinta negra.

-Cada vez más cerca, ahora a tan solo unos pocos minutos, o segundos, o días; el transcurso del tiempo dentro de ese espacio no parecía tener sentido...

Las manecillas del reloj lentamente retomaban su curso natural, y el tic-tac se escuchaba una vez más al callar la máquina, en los intervalos entre el ascenso de una tecla y la caída contundente de la próxima.

-Ahora a pocas cuadras de distancia; a una sola. A pocos metros, y solo había tiempo para pocas palabras. Luego, el perpetuo y merecido descanso.

Durante unos breves instantes, esperando indecisa antes de decidirse por actuar, se escondía tras la puerta un arma fría sostenida firmemente por una mano aún más fría.

-Una fracción de segundo, eterna. Tras la puerta, una cuenta regresiva. Adentro, los últimos golpes secos, y con cada uno de ellos una impresión.

Tres, dos,

- uno...

Un fuerte portazo; aquel sonido férreo y sin tonalidades definidas; el cese del golpeteo de las tecl

El secreto

Hoy desperté temprano, antes de que amaneciera. Estaba transpirado y asustado. Es que no sabía el secreto y eso no me dejaba dormir tranquilo. Necesitaba descubrirlo para poder continuar con mi rutina sin mayores preocupaciones. Falté al trabajo, aún sabiendo que no es recomendable hacerlo el primer día de la semana. Soy un empleado de poca monta y no tengo lugar para este tipo de inoportunidades; pero esta vez me veía sin una opción alternativa. De esta manera, emprendí una suerte de investigación.

      Como primer recurso, me acerqué al puesto de diarios. No es que fuese a encontrar la respuesta en un diario, estos son escritos por hombres y lo que yo necesitaba era una respuesta de Dios. Resulta que Don Joaquín, el diariero, me había confesado en una ocasión que el Todopoderoso le había quitado la vista, pero que a cambio le conversaba por las noches mientras él rezaba. En su momento, creí que el pobre anciano estaba senil, y que sería prudente cambiar de diariero, pero no lo hice ya que él lo vende más barato.

Me detuve a media cuadra del puesto y desde allí observé, esperando pacientemente a que no hubiera ningún cliente para poder tener así una conversación privada con el ciego. En el momento indicado, me acerqué y le pregunté sin rodeos:

-Don Joaquín, ¿usted habla con Dios por las noches, verdad?.

Se cercioró de que estuviésemos solos, y solo entonces se arrimó.

-No diga eso en voz alta, pero así es, hombre. Y anoche me dijo que usted vendría-, contestó.

Dudé en creerle –o mejor dicho, me resultó evidente que eran patrañas-, pero de todas maneras le respondí:

-Entonces usted sabe por qué estoy aquí.

Rió como ríen los sabios, y desafiando mi escepticismo sentenció:

-Usted quiere saber el secreto, el de la vida eterna. Pero el Jefe me ha ordenado decirle que es usted quien debe descubrirlo, ya que si es otro el que se lo revela, usted no lo comprenderá y lo rechazará.

Quedé perplejo, y hubiese seguido interrogando al hombre de ojos blancos si no fuera porque me dejó en claro que allí había terminado nuestra conversación. Compré el diario, y, claramente desorientado, me senté en un banco de una plaza cercana para planear mi siguiente paso.

Pensé que, tal vez, Don Joaquín estaba fuera de sus cabales y solo buscaba conversación. Intenté recordar quién más podría tener contacto con el que vive en los cielos, para que desmintiese las palabras del ciego. Así es como recordé un fragmento del discurso que me había dado mi jefe el primer día bajo su mando:

-Yo no soy su jefe, yo soy Dios, y usted hará lo que Yo diga, aunque eso signifique sacrificar a su primogénito. ¿Entiende, idiota?- En el momento, no presté demasiada atención ya que yo no tenía hijos, y comprendí que después de todo no era sino un hombre frustrado con delirios de grandeza.

Llegué a la oficina con un retraso importante, y mi jefe me vio apenas entré. Comenzó a vociferar palabras e insultos incomprensibles, y cuando terminó le pregunté si podíamos hablar en privado. Le seguí hasta su oficina, donde me apuntó con su dedo índice y con un gesto me dio la orden de sentarme, desafiante. A los pocos segundos ya estaba de nuevo preguntando cosas a los gritos, pero lo interrumpí y le pregunté si él era Dios. Me insultó, sin terminar de comprender a qué se debía mi pregunta. De todas maneras me quedó claro que era una afirmación. Cuestioné si lo que Don Joaquín me había dicho era cierto, y si en serio habría Él de dejarme a la merced de la incertidumbre. Noté que se puso nervioso, y me contestó que no conocía a ningún Don Joaquín y que yo estaba loco. Entonces comprendí que mis sospechas sobre el ciego eran verdad, que efectivamente no tenía contacto con Dios, y no pude evitar sonreír. Creo que el Jefe estaba irascible, porque me lanzó un cuadernillo con fuerza hacia la cabeza y me dijo que estaba despedido. Tomé el cuadernillo, le agradecí y volví a mi casa.

Estaba cansado por haberme despertado antes de lo previsto, así que decidí dormir una siesta. Me dolía la frente por el golpe que me había propinado el Todopoderoso, lo que no me dejaba dormir y acabó por hacerme desistir. Tomé el cuadernillo que me había regalado y noté que tenía una birome dentro del rulo metálico que une las hojas. Probablemente haya sido la misma la que me causó un dolor tan agudo al impactar en mi frente. Mientras contemplaba maravillado la birome que Dios mismo había utilizado, experimenté un momento de claridad y todo cobró sentido. Entendí exactamente los pasos del plan del Jefe, y descubrí el secreto.

Él me daría una pesadilla mostrándome que moriría solo y sería olvidado al poco tiempo. De esta manera, me despertaría antes de tiempo e iría al puesto de diarios para que Don Joaquín me mintiese. Claro que Él sabía que yo llegaría a la conclusión de que el ciego está completamente loco, y buscaría hablarle en persona. Yo llegaría tarde a la oficina, dándole una razón para fingir un enojo y lanzarme el cuadernillo. Luego volvería a mi hogar e intentaría dormir, pero mis intentos se verían frustrados por un enorme moretón en mi frente. Cansado y desanimado buscaría un entretenimiento, y al ver la birome entre las hojas se me ocurriría escribir todos los eventos del día, comprendiendo entonces que el verdadero secreto de la vida eterna es escribir algo grandioso que nunca haya sido escrito; que pase de generación en generación, concediendo efectivamente la eternidad. Un plan maestro, verdaderamente. Mañana volveré a la oficina y le agradeceré; le diré que su plan ha funcionado a la perfección, aunque Él probablemente ya lo sepa.