Ya nada queda por decir: Una idea en el aire

Intro

            Quizás sea demasiado mundano como para atribuirme aquellas palabras que, a través de mis manos, encuentran lugar en un papel. No puedo evitar sentirme ajeno a esos textos que llevan mi nombre, pues al leerlos, no me encuentro en ellos. Son, en el más optimista de los casos, una recapitulación de ideas que sé no me pertenecen. Ideas que se apoderan de mí inopinadamente, al mirar por la ventana en una tarde nublada o contemplar un momento perfecto. Me consumen por las noches cuando, en penumbras, quedo a la merced de mis pensamientos y no convalezco sino hasta el momento cuando, inerme ante ellas, cedo y les encuentro una forma. Soy, entonces, tan solo un medio para entidades que rebasan mi comprensión, y que han sido concebidas largo tiempo antes de llegar a mí. Las percibo inscriptas en textos centenarios de grandes autores, con una perspicacia que excede mis limitaciones. Encuentro consuelo únicamente al pensar en que quizás las grandes ideas no tengan propietarios, y que tal vez algún día encuentre una de ellas escrita con perspicuidad en un texto que pueda llamar propio.

domingo, 31 de mayo de 2009

Una idea en el aire


Esa vez era él, y no uno de sus ya tan traídos y llevados personajes, quien despertaba a medianoche faltando aún largas horas para el amanecer. La luz de la luna se asomaba segura por su ventana, y se reflejaba sobre su frente cubierta de sudor, cruzando la habitación que iluminaba cándidamente. Comprendió que su prematuro despertar no era producto de sus cuantiosas preocupaciones o de su ansiedad, ni de un indescifrable sueño acerca de flores blancas y largas, y sin aroma. Lo que se interponía entre él y su descanso era el poder incontrolable de una idea; y, bajo la noción de que no hay mejor método para exorcizar una idea que el de materializarla, tomó su máquina de escribir así como un músico se haría con su instrumento, o un pintor con su pincel. Pues él era un escritor, y sabía que las ideas trascendentes (aquellas que sin consuelo invaden todo el ser, y hacen uso de uno como un simple medio para cumplir su esencia y concebirse en esta tierra) no desisten hasta que su anfitrión cede ante ellas y les encuentra lugar en un papel. O, alternativamente según las habilidades de cada uno, en una melodía, o un lienzo o donde sea posible. Lo importante es liberarlas, desapropiarse de ellas y devolverlas a la naturaleza y a la humanidad.

A los pocos minutos de la conmoción, se gestaba una suerte de catarsis fulminante a través de sus manos. Junto al armonioso golpeteo arrítmico de teclas pesadas, las hojas pálidas y resplandecientes se manchaban con extraños símbolos de tinta negra, que buscaban ser palabras, y quizás incluso expresar un significado. El tiempo pareció frenarse dentro de la habitación, como si viajara él y su máquina sobre un etéreo haz de luz plateada; o acaso se habría frenado en efecto, pues el texto crecía rápidamente, y la idea que lo alimentaba apenas si comenzaba a manifestarse entre sus líneas. Sin embargo, el autor, ya fuera de sí, no sabía que lamentablemente aquellas páginas permanecerían por siempre inconclusas y acalladas. Alguien se acercaba en parsimonia, caminando erráticamente por las calles de ese mundo ajeno, con intenciones de ponerle fin a otra historia; una más antigua, y protagonizada por la desazón y la traición. Aunque, tal vez, fuera aquel otro mundo, el exterior, el que se encontraba aislado de la realidad, y aquella estuviera contenida entre las acotadas paredes donde reverberaba el ritmo de las teclas.

-Es como la electricidad, o el caudal de un río que fluye a través de uno. Es fuego salvaje, que se inicia espontáneamente desde las vísceras, y encuentra luego su camino hasta el corazón, y las manos, y los pies- escribía el escritor, inútilmente procurando describir las sensaciones que lo inundaban desde su despertar. Sus intentos eran desde ya infructuosos, ya que lo que sentía también formaba parte de su idea, y esa era tan enigmática como esquiva, y no era realmente suya.

Su garganta, reseca, pedía agua y él la proveía; sus manos, hastiadas y sobre exigidas, pedían descanso, y él lo negaba. Si bien no comprendía plenamente sus motivaciones, e ignoraba por completo su inminente destino, por una razón indeterminable le resultaba intuitivo que no tenía tiempo para derrochar.

-Las teclas pisaban, y dejaban su marca...El otro ya se aproximaba; a sus espaldas, mezquinamente, urdía y tramaba...

No pudo evitar recordar, en aquel momento, las otras innumerables veces cuando se había encontrado en una situación similar a aquella, pero ninguna de esas parecía acarrear la misma relevancia. Los personajes y las historias que había previamente creado -o, quizás, sería más preciso conformarse con decir 'escrito'-, no eran sino meramente juegos de la creatividad e indulgencias de un relator en tiempos de ocio. Todos sus textos eran, en efecto, nada más que derivaciones alternativas de las mismas experiencias; memorias tergiversadas, tomando un nuevo significado en cada ocasión. Y sus personajes, si bien todos llevaban, de texto a texto, diferentes nombres y contexturas físicas y colores de pelo, representaban a los mismos pocos individuos que habían sesgado profúndamente la vida de quien ahora los caracterizaba. Por primera vez, las hojas tomaban un sentido diferente, y se inscribía en ellas la esencia misma de su mecanógrafo, sin trampas, sin perversos artilugios.

-Uno, dos, tres... Acercar mis labios a sus labios, sentir su aliento y su calor; pedía coraje a Dios, aún sin creer en él. Me acosaba entonces la incertidumbre, pues al cerrar los ojos ya no vería los suyos, ni las expresiones de su cara, y no sabría si existía disentimiento y rechazo sino hasta cuando ella tan ácidamente lo expresara. Aunque tal vez el fracaso no pudiera estar más lejos, y yo habría de sentir la fragancia indómita de su piel, y la ternura del umbral de su boca; y la única manera de comprobarlo era pedir y encontrar coraje, y acercar mis labios a sus labios. Buscar su aliento, y su calor.

El hombre escribía su biografía, sus confesiones, sus penas, sus dolores. No comprendía realmente qué es lo que llenaba esas páginas, pero sabía que fluía animosamente a través de sus manos, y no pensaba frenarlo. Simplemente se sentía demasiado bien, demasiado sensato, y necesario. Pensaba que ya habría tiempo para descansar -sin saber que, en realidad, descanso era poco menos que todo lo que quedaba para él, y proseguiría con su tarea imprecisa hasta que la idea que lo convulsionaba estuviera saciada.

-Mi madre, o tal vez un amigo, yacía ya sin intriga sobre la cama blanca, anunciando su partida. O quizá fuera mi hermana la que se encontraba acostada bajo las sábanas, o mi padre, no lo sé con certeza; el rostro y la silueta que presenciaba entonces se desvanecían en las reminiscencias de ese pasado, marcado por el dolor lacerante de una separación inexorable. No podía evitar pensar en mi propia muerte; ¿cuántas ideas, excelsas o redundantes, se disiparían en el aire al no encontrarse con su mecanógrafo? Sería acaso como cuando se rompe la cuerda de un violín, evocando un sonido férreo y sin tonalidades definidas, y olvidando por siempre las dulces melodías que hubieran sabido sonar en ella.

Paulatinamente, la frecuencia de las teclas se hacía menor, y el ritmo caótico que estas producían se tornaba predecible y encontraba sus silencios. Los párpados, tan livianos como siempre lo fueron, pesaban y caían derrotados, tapando sus ojos. Las hojas blancas ya no parecían fosforescentes ante los rayos de luz plateada, sino meramente papeles de color blanco mate, manchados por tinta negra.

-Cada vez más cerca, ahora a tan solo unos pocos minutos, o segundos, o días; el transcurso del tiempo dentro de ese espacio no parecía tener sentido...

Las manecillas del reloj lentamente retomaban su curso natural, y el tic-tac se escuchaba una vez más al callar la máquina, en los intervalos entre el ascenso de una tecla y la caída contundente de la próxima.

-Ahora a pocas cuadras de distancia; a una sola. A pocos metros, y solo había tiempo para pocas palabras. Luego, el perpetuo y merecido descanso.

Durante unos breves instantes, esperando indecisa antes de decidirse por actuar, se escondía tras la puerta un arma fría sostenida firmemente por una mano aún más fría.

-Una fracción de segundo, eterna. Tras la puerta, una cuenta regresiva. Adentro, los últimos golpes secos, y con cada uno de ellos una impresión.

Tres, dos,

- uno...

Un fuerte portazo; aquel sonido férreo y sin tonalidades definidas; el cese del golpeteo de las tecl

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