Ya nada queda por decir: Insidia Crónica

Intro

            Quizás sea demasiado mundano como para atribuirme aquellas palabras que, a través de mis manos, encuentran lugar en un papel. No puedo evitar sentirme ajeno a esos textos que llevan mi nombre, pues al leerlos, no me encuentro en ellos. Son, en el más optimista de los casos, una recapitulación de ideas que sé no me pertenecen. Ideas que se apoderan de mí inopinadamente, al mirar por la ventana en una tarde nublada o contemplar un momento perfecto. Me consumen por las noches cuando, en penumbras, quedo a la merced de mis pensamientos y no convalezco sino hasta el momento cuando, inerme ante ellas, cedo y les encuentro una forma. Soy, entonces, tan solo un medio para entidades que rebasan mi comprensión, y que han sido concebidas largo tiempo antes de llegar a mí. Las percibo inscriptas en textos centenarios de grandes autores, con una perspicacia que excede mis limitaciones. Encuentro consuelo únicamente al pensar en que quizás las grandes ideas no tengan propietarios, y que tal vez algún día encuentre una de ellas escrita con perspicuidad en un texto que pueda llamar propio.

domingo, 31 de mayo de 2009

Insidia Crónica


Al cruzar la puerta, sintió nuevamente el olor a humedad y a encierro que ya comenzaba a tornarse familiar. Las corridas -junto al insensato vicio del tabaco- le habían quitado el aliento, pero lo importante era que ya se sentía seguro, y había logrado perder al hombre que hacía tiempo lo perseguía sin descanso. Entendía, sin embargo, que no pasaría más de un día, o tal vez dos, hasta que él lo encontrara allí donde ahora se refugiaba. No lograba acertar cuándo ni por qué razón había comenzado aquella trama, pero empezaba a resultarle una eternidad, y por momentos anhelaba que aquel hombre lo alcanzara, que ya no fuera necesario correr, y que la insidia concluyera.

La habitación parecía haber caído en desuso hacía ya largo tiempo. Una capa gruesa de polvo cubría todo; la cama, deshecha, daba indicios de no haber alojado el sueño de ningún inquilino en meses. Las velas se encontraban prácticamente consumidas, y finas cuerdas de telaraña ornamentaban el candelabro que las sostenía. El tiempo parecía fluir a otro ritmo entre aquellas paredes. Pero allí encontró la parsimonia que le devolvería el sueño, y eso era suficiente para que las manchas de humedad parecieran perfectos adornos, y las hormigas que entrecruzaban sus pies, grandes compañeras.

Tanteó sus bolsillos para encontrar en ellos un último cigarrillo, y la caja de fósforos que usaría para prenderlo. Al sentarse en la cama recordó aquellos tiempos cuando de niño pasaba la tarde jugando con sus amigos de la infancia –los únicos que desde entonces sintió verdaderos- y volvía a su casa agotado, y sin apetito y sin aliento, solo para echarse en su cama. Aquella lo recibía, tal como en la que ahora descansaba, con la superficie fría y lista para robarle el calor y el sueño en cuestión de minutos. Hacía tiempo que no lo acompañaba ese sosiego, y prendiendo un fósforo pudo apreciar, por tan solo unos segundos, la belleza secreta de aquella habitación cálidamente inhóspita que cada vez se tornaba más familiar. Encendió su cigarrillo, pero tras unas pocas pitadas este resbaló de su mano dormida y cayó al suelo, donde se consumió lentamente.

Se despertó transpirado y respirando con dificultad, aún inmerso en una insondable oscuridad. No sabía con precisión qué había soñado –pues nunca recordaba sus sueños-, pero supuso que había soñado con él de nuevo. Aquel hombre mezquino que no se conformaba con acosarlo durante el día, sino que, por pura diversión, lo hacía también en sus sueños. Aún sin despabilarse, escuchó el crujir de la madera del piso del pasillo, que afortunadamente se entreveraba con las risas de una pareja. –Suenan felices-, pensó y encontró en ello una alegría. En pocos segundos las risas se transformaron en besos, en el sonido de llaves tintineando y una cerradura abriéndose, y finalmente en un portazo que le devolvió su soledad y su silencio. Durmió.

El primer rayo de la mañana le recordó, acaso ya demasiado tarde, que había olvidado cerrar la cortina de la pequeña ventana en el fondo, la cual proveía a la habitación de luz y aire. Despertó nuevamente, esta vez con sutileza y bien descansado. Los rugidos de su estómago le recordaron que había pasado largas horas sin comer, y junto a un paquete vacio de cigarrillos sobre la mesa, la necesidad de ir a un almacén se hizo evidente. Además compraría un diario, pues, si bien hacía tiempo se había desentendido de las noticias, no sabía cuál era la fecha y eso lo desconcertaba. Su vida ya no era más que un constante equilibrio entre deshauciadas corridas, y habitaciones negras y húmedas, lo que logra que uno pierda la cuenta. Creyó que quizás él mismo disfrutaba inadvertidamente de aquella tortuosa dinámica; que tal vez él mismo buscaba el desarraigo que ella le provocaba, y que por eso se permitía escapar incesantemente de un hombre que jamás se justificaba, y cuyo rostro aún no había logrado desentrañar.

Iluminada, la habitación era otra. Se veía más extraña y ajena, y él ya no se sentía cómodo allí. Por eso es que no vaciló en ignorar los riesgos de salir a la calle. Al asomarse al pasillo, vio a un hombre en una bata roja, parado tras la puerta de la habitación 308, y arguyó que se trataba del mismo que lo había despertado la noche anterior. Lo saludó brevemente con un gesto, y continuó su camino escaleras abajo. Al salir del edificio, se vio gratamente envuelto por una corriente de aire fresco. El piso estaba mojado y el cielo algo nublado; había llovido. Había gente en la acera que aún cargaba sus paraguas desplegados, pero ya no llovía. Con sus pilotos y sus paraguas todos se veían similares. Pidió indicaciones a un transeúnte con aspecto de local, y caminó hacia el mercado más cercano a paso rápido.

-¿Con qué lo puedo ayudar, caballero?- preguntó el empleado, un hombre de cejas abundantes y crispadas, de color ceniza, que usaba una boina posiblemente para ocultarlas.

-Un poco de salame, queso y pan, por favor- contestó él sin demora, mientras inspeccionaba el negocio. Había detrás suyo una mujer, y no pudo evitar notarla y admirarla con su propia mirada pretenciosa.

Al regresar el empleado, agregó: Sí, sí. Así está bien. Unos Commander, y un ejemplar de La Nación también, si sería tan amable.

Pensó en que ella, la de atrás, era en realidad hermosa, y seguramente estaba casada y tenía hijos, porque las mujeres así no tardan en encontrar un hombre que las quiera. Nuevamente imaginaba un universo de situaciones, un sinfín de conversaciones que podría intentar entablar con ella para conocerla. Para incitarle acaso algún tipo de interés por ese hombre con rostro cansino y deteriorado que la precedía en la fila. Sin embargo, nunca lo haría. Sus propias inseguridades hacían su parte, y continuaban restringiendo todas aquellas posibilidades que conllevaran un final alternativo a la desazón. Se encontraba sometido a la insidia crónica de un amargo e inevitable desencuentro.

-Ya le digo cuánto me debe.- lo interrumpió el hombre de cejas robustas, sin percatarse de todo lo que atormentaba a su cliente.

-No, no se preocupe. Tome, y guarde el cambio.

Abnegado por sus limitaciones, apoyó el dinero sobre el mostrador y, esbozando una sonrisa escondida, tomó un puñado de caramelos y los dejó en la canasta de aquella mujer que no volvería a ver, procurando que ella no lo advirtiera.

Al salir del negocio, miró desorientado la fecha en el diario. Era aún 1969, aún el mes de diciembre. No comprendía cómo es que habían sido no más que unos pocos días desde que aquel hombre había tocado a su puerta y llamado su nombre por primera vez. De haber tenido que adivinar, habría presumido que ya corría febrero o marzo del 70’. Fue entonces cuando comenzó a sentir las gotas caer sobre su pelo, y decidió acelerar el paso. Todos ellos que antes cargaban el paraguas sin necesidad, ahora probablemente se reían de él por dentro, mientras caminaba errático y se mojaba bajo la lluvia, y sonreía como si no se hubiera divertido tanto desde niño.

Al cruzar el umbral del edificio, se secó los pies para no arruinar la alfombra de las escaleras, e inmediatamente prendió el primer cigarrillo de su nuevo paquete. Comenzó a subir, y al llegar al primer piso escuchó el inconfundible chirrido de la enorme puerta del edificio abriéndose. Iba casi por el segundo nivel, cuando se percató de que alguien empezaba a subir las escaleras detrás de él; y, al llegar al tercero, notó que se agilizaba la frecuencia de los pasos, y los sintió cada vez más cercanos y más vehementes. Fue entonces cuando comprendió que se trataba de él. Aquel hombre lo había encontrado, y, una vez más, lo venía a buscar. Se apuró hasta la puerta del 305, metió la llave en la cerradura y no fue sino hasta cuando dio el segundo giro que escuchó la reverberación de su nombre atravesando el pasillo. El cigarrillo recién encendido resbaló de sus labios nerviosos, y cayó al suelo. Su nombre sonó, dos veces sonó, y cuando volvió a sonar, ya no hubo lugar a dudas. La única opción era dar media vuelta, y correr en dirección contraria, sin mirar hacia atrás.

Al pasar por un instante frente a la puerta del 308, volvió a escuchar risas y alegría, junto a un golpeteo frenético, y lo tomó por sorpresa una fuerte sensación de envidia. Pensó en que algún día le gustaría, a él también, poder usar una bata roja y pararse tranquilo en su pasillo, terminar un cigarrillo, o quizás hasta darse la oportunidad de conocer a una mujer hermosa. Pero nada de eso importaba ya; escuchaba su nombre cada vez más fuerte, y no quedaba alternativa sino correr en dirección contraria, sin mirar hacia atrás, sin mirar hacia aquel rostro impreciso que se acercaba cada vez más rápido.

Un hombre agitado y sin aliento caminaba a paso ligero por el pasillo del tercer piso, escuchando el crujir de la madera bajo sus pies y las risas de una pareja en una habitación del fondo. Se acercó a la puerta del 305, y, para su sorpresa, la encontró abierta. Le resultó peculiar, pero no reparó en ello, pues no tenía tiempo para detenerse. Al cruzar la puerta, sintió nuevamente el olor a humedad y a encierro que ya comenzaba a tornarse familiar, sin notar el cigarrillo prendido que yacía sobre el piso, del otro lado, consumiéndose lentamente.

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