Hoy desperté temprano, antes de que amaneciera. Estaba transpirado y asustado. Es que no sabía el secreto y eso no me dejaba dormir tranquilo. Necesitaba descubrirlo para poder continuar con mi rutina sin mayores preocupaciones. Falté al trabajo, aún sabiendo que no es recomendable hacerlo el primer día de la semana. Soy un empleado de poca monta y no tengo lugar para este tipo de inoportunidades; pero esta vez me veía sin una opción alternativa. De esta manera, emprendí una suerte de investigación.
Como primer recurso, me acerqué al puesto de diarios. No es que fuese a encontrar la respuesta en un diario, estos son escritos por hombres y lo que yo necesitaba era una respuesta de Dios. Resulta que Don Joaquín, el diariero, me había confesado en una ocasión que el Todopoderoso le había quitado la vista, pero que a cambio le conversaba por las noches mientras él rezaba. En su momento, creí que el pobre anciano estaba senil, y que sería prudente cambiar de diariero, pero no lo hice ya que él lo vende más barato.
Me detuve a media cuadra del puesto y desde allí observé, esperando pacientemente a que no hubiera ningún cliente para poder tener así una conversación privada con el ciego. En el momento indicado, me acerqué y le pregunté sin rodeos:
-Don Joaquín, ¿usted habla con Dios por las noches, verdad?.
Se cercioró de que estuviésemos solos, y solo entonces se arrimó.
-No diga eso en voz alta, pero así es, hombre. Y anoche me dijo que usted vendría-, contestó.
Dudé en creerle –o mejor dicho, me resultó evidente que eran patrañas-, pero de todas maneras le respondí:
-Entonces usted sabe por qué estoy aquí.
Rió como ríen los sabios, y desafiando mi escepticismo sentenció:
-Usted quiere saber el secreto, el de la vida eterna. Pero el Jefe me ha ordenado decirle que es usted quien debe descubrirlo, ya que si es otro el que se lo revela, usted no lo comprenderá y lo rechazará.
Quedé perplejo, y hubiese seguido interrogando al hombre de ojos blancos si no fuera porque me dejó en claro que allí había terminado nuestra conversación. Compré el diario, y, claramente desorientado, me senté en un banco de una plaza cercana para planear mi siguiente paso.
Pensé que, tal vez, Don Joaquín estaba fuera de sus cabales y solo buscaba conversación. Intenté recordar quién más podría tener contacto con el que vive en los cielos, para que desmintiese las palabras del ciego. Así es como recordé un fragmento del discurso que me había dado mi jefe el primer día bajo su mando:
-Yo no soy su jefe, yo soy Dios, y usted hará lo que Yo diga, aunque eso signifique sacrificar a su primogénito. ¿Entiende, idiota?- En el momento, no presté demasiada atención ya que yo no tenía hijos, y comprendí que después de todo no era sino un hombre frustrado con delirios de grandeza.
Llegué a la oficina con un retraso importante, y mi jefe me vio apenas entré. Comenzó a vociferar palabras e insultos incomprensibles, y cuando terminó le pregunté si podíamos hablar en privado. Le seguí hasta su oficina, donde me apuntó con su dedo índice y con un gesto me dio la orden de sentarme, desafiante. A los pocos segundos ya estaba de nuevo preguntando cosas a los gritos, pero lo interrumpí y le pregunté si él era Dios. Me insultó, sin terminar de comprender a qué se debía mi pregunta. De todas maneras me quedó claro que era una afirmación. Cuestioné si lo que Don Joaquín me había dicho era cierto, y si en serio habría Él de dejarme a la merced de la incertidumbre. Noté que se puso nervioso, y me contestó que no conocía a ningún Don Joaquín y que yo estaba loco. Entonces comprendí que mis sospechas sobre el ciego eran verdad, que efectivamente no tenía contacto con Dios, y no pude evitar sonreír. Creo que el Jefe estaba irascible, porque me lanzó un cuadernillo con fuerza hacia la cabeza y me dijo que estaba despedido. Tomé el cuadernillo, le agradecí y volví a mi casa.
Estaba cansado por haberme despertado antes de lo previsto, así que decidí dormir una siesta. Me dolía la frente por el golpe que me había propinado el Todopoderoso, lo que no me dejaba dormir y acabó por hacerme desistir. Tomé el cuadernillo que me había regalado y noté que tenía una birome dentro del rulo metálico que une las hojas. Probablemente haya sido la misma la que me causó un dolor tan agudo al impactar en mi frente. Mientras contemplaba maravillado la birome que Dios mismo había utilizado, experimenté un momento de claridad y todo cobró sentido. Entendí exactamente los pasos del plan del Jefe, y descubrí el secreto.
Él me daría una pesadilla mostrándome que moriría solo y sería olvidado al poco tiempo. De esta manera, me despertaría antes de tiempo e iría al puesto de diarios para que Don Joaquín me mintiese. Claro que Él sabía que yo llegaría a la conclusión de que el ciego está completamente loco, y buscaría hablarle en persona. Yo llegaría tarde a la oficina, dándole una razón para fingir un enojo y lanzarme el cuadernillo. Luego volvería a mi hogar e intentaría dormir, pero mis intentos se verían frustrados por un enorme moretón en mi frente. Cansado y desanimado buscaría un entretenimiento, y al ver la birome entre las hojas se me ocurriría escribir todos los eventos del día, comprendiendo entonces que el verdadero secreto de la vida eterna es escribir algo grandioso que nunca haya sido escrito; que pase de generación en generación, concediendo efectivamente la eternidad. Un plan maestro, verdaderamente. Mañana volveré a la oficina y le agradeceré; le diré que su plan ha funcionado a la perfección, aunque Él probablemente ya lo sepa.
ei estan mui buenos emooo
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